
Una ligera inquietud se apoderó de aquel pequeño y genuino ser tan deforme, su olor fétido anegaba la estancia y una brizna de aire nauseabundo se fue dispersando por aquel lugar tan sucio y corrompido.
Aquella noche las pesadillas no le abandonaron, se veía puerco y desvalido, la vigilia fue peregrina y al despertar de aquel tormento comprendió la verdad, con esa nitidez y frescura que se experimenta al clarear y romper el día, las ideas diáfanas y cristalinas como el agua, acrisoladas tras una noche de cavilación somnolienta y aletargada, se le agolpaban en su cabeza. Al fin comprendió su cruda realidad.
Él sabía que su fin estaba cerca, pero ante todo, no sé hacia a la idea de perderla. La vida fue llevándole a aquel estado de horror y angustia sin saberlo apenas. Ella venia a verle por las tardes, cuando su trabajo se lo permitía, ya que era enfermera del hospital de los indigentes. Pero su preocupación y angustia aumentaba por momentos al comprobar que aquel día se retrasaba mas de la cuenta, al pensar tan solo, por un pequeño instante, que podía haberle plantado. Al sentir la necesidad de tenerla allí en aquel horrible cuartucho, junto a todas sus miserias, el no podía acabar abandonado e inerme para siempre, ¿quien le mimaría como ella? ¿Quién le amaría como ella le había amado?.
Se levantó tarde, el sopor del tequila aún le estorbaba en la nuca. Ella no había dado señales de vida. Se acercó a la ventana y tras el visillo sintió ante sí aquel día espléndido de estío en la alameda; al lado, en la plaza, se sentía el bullicio de la concurrencia en las terrazas y más allá veía la playa abarrotada de gentío, en realidad, aquella caterva de masas de carne con trapitos nunca le había seducido, es más, podía llegar hasta odiarlos, el culto al cuerpo perfecto, la vanalidad de los regímenes de adelgazamiento, el engaño de una sociedad que se creía perfecta y guapa. Al otro lado opuesto una orquesta amenizaba la mañana de los jubilados, en el local de celebraciones que tenían para expandirse.
La duda le corrompía por dentro, aunque le quedaba una esperanza al pensar que ella tendría alguna razón de peso para no haber venido aún a verle. Intentó comer algo, pero no pudo, la angustia en la garganta se lo impedía.
Por fin, el timbre con su estridente sonido le despertó de sus elucubraciones, no se atrevió a utilizar la mirilla, directamente abrió con ímpetu la puerta sintiendo ante sí la áurea y el mal aliento de la portera. Venia a entregarle una esquela del pescadero de la esquina, había fallecido hacia una semana de una embolia, al menos eso fue lo que dijeron las crónicas oficiales, aunque todo el mundo sabía que fue del soponcio que le entró al saber que su mujer se había fugado con un representante de seguros.
La dejó encima de la cómoda y se tumbó en el catre sin saber que hacer, una cruel y sobrecogedora realidad comenzó a intuir en su interior, sería ella capaz de abandonarle por un empleado del muelle, por un militar de carrera o por un representante de seguros. No podían ser reales aquellas sospechas, él se lo dio todo en sus buenos tiempos, mucho antes de sufrir el accidente. Aún era una niña cuando la rescató de aquel tugurio y la enseñó a llevar una vida autárquica, una vida feliz sin complicaciones y con desahogo económico. El no era ni mejor ni peor que el desafortunado pescadero de la esquina, por qué no podría ocurrirle a él.
El pitido de las sirenas de la fábrica cercana de chocolate le despertó de aquella siesta postrera. Aún le ronroneaba en la cabeza alguno de los sueños en que había estado sumido. Recorrió con su triste mirada la estancia y ella seguía sin aparecer..............
Vicent